Por Luis Casco
En Cholula, hay políticos que construyen trayectoria… y otros que construyen capítulos. Y Roxana Luna Porquillo, con todo respeto, ya va en la segunda temporada de una serie que muchos vieron venir, pero que pocos estaban esperando.
La escena ahora se traslada a Tlaltenango: confrontación, gritos, cámaras listas y, como buen toque de producción, lonas de campaña tiradas como si fueran utilería de bajo presupuesto recordando que hubo una elección… y también un resultado. Porque sí, la excandidata a la presidencia municipal de San Pedro Cholula volvió al centro, pero no por propuestas, sino por pleito.
Los videos hablan por sí solos: descalificaciones, resistencia, confrontación directa con autoridades. Y después, el giro que ya parece fórmula: detención breve… y liberación casi inmediata. Según su versión, gracias a intervención estatal y contactos en Gobernación. Es decir, el mismo sistema que critica… pero que no duda en usar cuando aprieta el zapato.
Y aquí es donde el discurso empieza a hacer agua.
Porque no se puede jugar a ser víctima del poder mientras se recurre al poder para salir del problema. Como diría el dicho, “no se puede silbar y comer pinole al mismo tiempo”. O se está en contra del sistema… o se es parte de él. Pero las dos cosas al mismo tiempo solo generan una cosa: desconfianza.
A eso súmele el historial. Señalamientos en campaña por presuntos despojos, contradicciones en el discurso de “defensora de los vulnerables”, y una constante: cuando hay oportunidad de aclarar, se opta por confrontar; cuando hay espacio para probar, se elige el escándalo.
Y no, no se trata de minimizar la crítica o la protesta. Eso es válido y necesario en cualquier democracia. El problema es cuando la protesta se vuelve rutina, el conflicto estrategia y el protagonismo objetivo.
Porque mientras se monta el show, los problemas reales siguen ahí: inseguridad, crecimiento desordenado, conflictos inmobiliarios… temas que no se resuelven con transmisiones en vivo ni con enfrentamientos a grito abierto.
El patrón empieza a ser evidente: polémica, victimización, exposición… y repetición. Una narrativa que ya no sorprende, pero sí desgasta. Porque en política, la credibilidad es como el cristal: una vez que se fisura, difícilmente vuelve a ser la misma.
Y entonces la pregunta ya no es qué pasó en Tlaltenango. La pregunta es si este es el tipo de liderazgo que realmente necesita la ciudadanía. Uno que reacciona, confronta y se victimiza… o uno que propone, construye y resuelve.
Porque al final, esto parece menos un proyecto político y más una saga en curso. Y como toda saga que abusa del drama, corre el riesgo de perder audiencia.
En Cholula no hacen falta más protagonistas de conflicto. Hacen falta soluciones.
Porque cuando la política se convierte en espectáculo, con todo respeto, deja de servirle a la gente… y empieza a servirse de ella.

