Con Todo Respeto
Por Luis Casco
Puebla inauguró su feria. Luces, escenario internacional, discursos de tranquilidad y un operativo de seguridad que, en papel, parecía blindaje total: más de dos mil elementos, torres de vigilancia, helicóptero y hasta drones… todo listo para vender la idea de un evento seguro.

Pero a unos metros de ahí, la realidad hizo lo que mejor sabe hacer: romper el guion.
Una joven de 19 años fue asesinada dentro de su propio negocio en Lomas 10 de Mayo. No en la madrugada, no en un punto aislado. A unos pasos de la Feria. En plena zona donde, se supone, no debía pasar nada.
Dos disparos. Uno en la cabeza, otro en el abdomen. Agresores en motocicleta. Y como si no bastara, incendiaron el establecimiento con un artefacto similar a una bomba molotov. No fue intento: el fuego sí se propagó. Y tuvo que ser la propia familia de la víctima la que, en medio del caos, logró sofocarlo.
Eso no fue improvisado. Eso fue directo.


Y mientras eso ocurría, el discurso oficial hablaba de seguridad.
Porque aquí no solo duele el crimen. Duele lo que vino después. La joven fue trasladada por sus familiares a un hospital privado —uno de los más caros en su zona— y aun así no recibió atención. Falta de equipo, esperas, omisiones. Resultado: murió afuera del nosocomio.
No fue el Estado, sí. Pero tampoco exime la realidad: pagar caro no garantiza atención. Y en este caso, ni siquiera garantizó lo mínimo.
Así, sin más.
El contraste es brutal.
Por un lado, la Feria de Puebla con artistas internacionales como Toto, tratando de llenar un espacio que ni siquiera en su arranque logró convocar como se esperaba. Filas cortas, accesos desorganizados, críticas en redes y, como ya es costumbre, conflictos con la prensa.
Porque sí, también ahí hay historia.
Fotoperiodistas acreditados siendo retirados, limitados, rodeados por policías por hacer su trabajo. Periodistas incómodos para un evento que parece preferir cámaras “amables” y contenido controlado. Como si documentar la realidad fuera el problema… y no lo que está pasando.
Y entonces todo empieza a encajar.
Una feria que busca proyectar orden… mientras afuera hay violencia.
Un evento que presume apertura… mientras limita a la prensa.
Un discurso de seguridad… mientras una joven muere sin atención médica, incluso en un hospital privado.
Como diría el dicho, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Puedes montar el espectáculo, puedes llenar el escenario, puedes repetir el mensaje… pero la realidad termina filtrándose.
Y en Puebla, esa realidad hoy es incómoda.

Porque no se trata de arruinar la fiesta. Se trata de entender que no hay evento que alcance cuando la gente no se siente segura, cuando la vida vale tan poco y cuando incluso pagando caro, el sistema —público o privado— puede fallar.
La pregunta ya no es si la feria fue un éxito o no. La pregunta es qué tan desconectado está el discurso de lo que realmente vive la gente.
Porque mientras unos afinan el sonido del concierto, otros están contando casquillos.
Y eso, con todo respeto, no hay escenario que lo tape.


